domingo, 21 de marzo de 2010

el niño camina con su mochila. Cruza una calle, se detiene por un instante. Observa a su alrededor alborotado. Presiente una posible lluvia anunciada por la ventisca que recorre la piel de su gollete. Se reusa a quitar el paraguas de su macuto, pues quiere percibir aquellas lágrimas caer del cielo. Adelanta un pie y continúa aquel movimiento repetidamente hasta acercarse a la otra esquina. Ahora contempla el periódico que tendido en el suelo que agita sus hojas debido al viento. Comienza a imaginar que aquel ambiente versátil le fastidia un poco, entonces no hace más que levantar su vista hacia su destino e ignorar todo aquello que le desvirtúa su labor.
Camina. Pronto se le inicia un pequeño dolor en la espalda. Es su mochila que la empieza a sentir un poco más pesada. Cada paso se le convierte en un desafío. Pero debe llegar a destino. No puede olvidar su cometido. inhala, exhala. Y por algún motivo intuye que hay algo de lo que no se ha precavido. Esconde su iris debajo de su párpado buscando no presenciar situaciones que lo agotan. Pero junta sus rodillas, abre sus ojos y afloja sus brazos. No se ha perdido en el paso. No ha abandonado nunca sus pertenencias. Solo se haya allí parado, en frente de su meta, casi impávido.
Se habría olvidado qué pensar cuando lo hubiese conseguido

No hay comentarios:

Publicar un comentario